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Temas de debate. Que tipo de crecimiento productivo debe incentivar la política oficial

Cómo volver a potenciar la industria

La evidencia muestra que el crecimiento económico por sí solo, que ha permitido mejorar la mayoría de los indicadores laborales en la última década, presenta límites para continuar haciéndolo. Cuál debe ser la estrategia para seguir adelante.

Falta planificación

Por Magalí Brosio *
Dentro de la ciencia económica, tanto el mercado laboral como la estructura productiva son temáticas que han gozado de indudable popularidad. Sin embargo, los análisis destinados a vincular ambos ejes resultan mucho menos frecuentes. En Argentina, en particular, esta visión resulta especialmente relevante. ¿Cómo explicar que tras años de crecimiento a “tasas chinas” aún haya un tercio de la población en la informalidad? ¿Cómo entender que con un sistema cada vez más extendido de educación universitaria gratuita aún los niveles educativos de la población ocupada estén lejos de lo deseable? ¿Cómo concebir que hoy en el país el empleo esté traccionado principalmente por el sector público? Si bien cada una de estas preguntas tiene una respuesta específica, en el núcleo mismo de todas ellas se encuentra el entramado productivo.

La evidencia muestra que el crecimiento económico por sí solo, que ha permitido mejorar la mayoría de los indicadores laborales a lo largo de la última década, presenta ciertos límites infranqueables para continuar haciéndolo. Esto nos lleva a pensar que si bien el incremento de la producción es una condición necesaria para mejorar la situación social, no es suficiente y que para ir un paso más allá y empezar a pensar en realizar un verdadero cambio estructural es necesario preguntarnos a qué tipo de crecimiento apuntamos.

Lo que sucede en particular en nuestro país es que aquellos sectores que tienen alta capacidad para traccionar la economía se caracterizan por generar poco empleo (ya que son intensivos en capital) o por crear puestos de trabajo de una calidad inferior a la deseada, planteando así lo que a primera vista podría parecer como una disyuntiva irresoluble.

El desafío es entonces pensar cómo realizar un verdadero salto cualitativo en la estructura de empleo. Entendiendo que para lograr ello la otra cara de la moneda es llevar a cabo una transformación en la propia matriz productiva, el medio o la herramienta que propone el mundo actual para este fin es la implementación consciente de una política industrial y tecnológica sofisticada con miras a incentivar, integrar y desarrollar (o incluso crear) sectores de alta productividad y capacidad innovativa que sean capaces de generar puestos de trabajo de alta calificación y calidad.

Esta propuesta, lejos de ser novedosa, está en línea con la agenda global. Desde hace varios años que la política industrial se constituye como el eje central tanto para los nuevos “pesos pesados” –como China, que a través de sucesivos planes quinquenales con múltiples y variados objetivos logró quintuplicar su producción manufacturera, llegando hoy a la cima del ranking con más del 20 por ciento del total mundial– como para las potencias industriales tradicionales. Estados Unidos, por ejemplo, que se ha visto destronado en el podio y que ha sufrido las consecuencias de sus políticas de deslocalización productiva de décadas pasadas tanto en su entramado productivo como laboral se vio obligado a realizar un cambio de estrategia. Así es que en 2011, se implementó la Advanced Manufacturing Partnership cuyo objetivo es “identificar e invertir en tecnologías emergentes que tengan potencial para generar empleo de alta calidad y fortalecer la competitividad global de la industria local” a través de la colaboración de distintos actores como el Gobierno Federal, organismos vinculados al sector industrial y universidades y centros de investigación. En esta línea, Barack Obama propuso la creación de la Red Nacional para la Innovación Industrial que consiste en la creación de núcleos regionales que sean catalizadores para el desarrollo y la adopción de tecnología de punta con el fin de producir manufacturas que puedan competir a nivel global.

Tampoco se quedó atrás el viejo continente: el modelo alemán de la Sociedad Fraunhofer, por ejemplo, es en el que se han basado casi todos los países avanzados y su política sobre economías regionales, pymes y su estructura de financiamiento resultan ejemplos interesantes para tener en cuenta. Incluso existen experiencias regionales, como la de Brasil con el Plan Maior que busca fortalecer la competitividad de la producción local a través de beneficios fiscales, incentivo a inversiones, etc. En conclusión, ejemplos y modelos abundan alrededor del mundo sobre los cuales investigar para poder pensar cómo adaptarlos o implementarlos en nuestro país. Sin embargo, la base para poder empezar a trabajar sobre ello es entender la necesidad de llevar a cabo una planificación estratégica del desarrollo industrial.

* Economista, UBA. Especialista en mercado de trabajo y política industrial.

Sustituir importaciones

Por Jerónimo Rodríguez Use e Iván Weigandi *
El estancamiento económico de los principales socios comerciales de la Argentina presenta desafíos para el desarrollo de la actividad industrial. Esas dificultades están concentradas en el sector automotor como consecuencia del significativo nivel de integración de las cadenas productivas locales con las de Brasil. Dos datos permiten dar cuenta de la situación sectorial. La industria automotriz local registra una caída del 11,5 por ciento interanual para los primeros siete meses del año. En tanto, los datos del Banco Central de Brasil contabilizaron una caída del 27 por ciento en las importaciones de automotores desde el país vecino. Dado la participación que tiene en la matriz productiva argentina, el desempeño de dicho sector explica gran parte de la desaceleración industrial, dinámica presente también en los países de la región. En efecto, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en julio, 11 de los 15 estados brasileños evidenciaron una caída en la producción industrial.

En este contexto, el cambio de tendencia que manifiesta el crecimiento industrial para el mes de julio (un alza de 0,3 por ciento), cobra relevancia ya que significa el primer guarismo positivo luego de un año y medio de caída. Una de las actividades que encabeza este repunte es la metalúrgica. Según la Asociación de Industriales Metalúrgicos, en el primer semestre, la producción del sector se incrementó un 1 por ciento interanual, revirtiendo la caída evidenciada en 2014 (2,6 por ciento). Asimismo, si se toma la actividad metalmecánica (excluyendo la automotriz), se observa un crecimiento a julio de 3,8 por ciento.

La heterogeneidad observada en el desenvolvimiento industrial en el transcurso de 2015 refleja la necesidad de avanzar tanto en políticas sectoriales, que atiendan las particularidades de cada actividad, así como en la consolidación de un escenario macroeconómico que garantice la continuidad del proceso de reindustrialización. La disputa en torno a la competitividad de nuestra industria, al focalizarse en el tipo de cambio y en la devaluación como única herramienta para alcanzarla, pierde de vista estos aspectos. En efecto, las modificaciones cambiarias no beneficiarían a todos los sectores por igual.

Dado que en nuestro país los precios sobrerreaccionan a los movimientos en el tipo de cambio, la competitividad-precio alcanzada para los sectores transables es realmente fugaz. Por otro lado, estos movimientos en los precios relativos, al reducir el poder de compra de los trabajadores tienen un impacto negativo en el consumo y las ventas, perjudicando a las industrias abocadas al mercado interno. Es por ello que, en vistas de las condiciones estructurales de nuestra economía, el escenario macroeconómico propicio para el desarrollo industrial debe garantizar un importante dinamismo de la demanda agregada. Ante las malas expectativas del mercado global, las inversiones serán incentivas solo por las perspectivas de mayores ventas locales.

Asimismo, sostener altos niveles de actividad, tiene efectos positivos en la productividad sistémica. Bajo este enfoque, la política pública se vuelve una herramienta necesaria como sostén del crecimiento, impulsando el consumo. Sin embargo, el crecimiento no es el único requisito para el desarrollo industrial. Políticas sectoriales para potenciar y mejorar los indicadores de inversión y las alternativas de financiamiento de las pequeñas y medianas empresas, fundamentalmente en áreas estratégicas para la sustitución de importaciones, se posicionan como desafíos para los próximos años. Por ser intensivas en mano de obra, el crecimiento de las pymes asegura los mayores niveles de empleo necesarios para sostener una demanda interna pujante.

En tanto el crecimiento mundial sigue estancado, sustituir importaciones es la mejor estrategia de mediano plazo para asegurar la solvencia externa, entendiendo a la escasez de divisas como una de las mayores restricciones al crecimiento argentino. Un tipo de cambio más alto, puede llevar a un “equilibrio externo”. Pero no por mayores exportaciones, que evidencian poca elasticidad a esta variable, sino por menores importaciones, fruto de niveles más bajo de empleo, producción y consumo. ¿La industria automotriz estaría mejor con salarios argentinos más bajos? Mientras las ventas a concesionarios nacionales registraron en agosto una suba interanual de 7 por ciento (situándose en 59.592 unidades), las exportaciones cayeron un 22 por ciento (siendo 21.355 unidades). ¿Vale la pena sacrificar la primera, sin seguridad de mejorar la segunda?

* Integrantes del modulo Económico del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad de Avellaneda, Geenap.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-282106-2015-09-21.html
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