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Temas de debate, la crisis internacional y su impacto en los niveles de empleo

Sigue el viento de frente

Durante al menos diez trimestres consecutivos se ha experimentado en América latina una baja en las tasas de crecimiento que ha causado una disminución en la tasa de ocupación laboral de 2,9 puntos porcentuales. Lo que puede venir.

Crisis en cámara lenta

Por José Manuel Salazar-Xirinachs *
Desde hace tres años América latina ha estado afectada por una desaceleración económica cuyos efectos acumulados pueden describirse como una crisis en cámara lenta. Durante al menos diez trimestres consecutivos se ha experimentado una baja en las tasas de crecimiento que ha causado una disminución en la tasa de ocupación laboral de 2,9 puntos porcentuales. En comparación, en la crisis o shock financiero de 2009 los efectos duraron cuatro trimestres, la tasa de ocupación bajó sólo 1,8 puntos, y como sabemos la recuperación fue rápida.

Los efectos de esta nueva crisis, detonada en buena medida por la fuerte caída en los precios de las materias primas, también se reflejaron lentamente sobre el empleo, que en un principio registró impactos moderados. Pero durante el último año esa situación cambió y la región tuvo el primer aumento significativo en la tasa de desocupación en cinco años.

El aumento del desempleo regional promedio fue de medio punto porcentual hasta 6,7 por ciento el año pasado. Como destacó el Panorama Laboral 2015 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), si se cumplen los pronósticos de mayor desaceleración, la tasa de desocupación podría subir hasta 6,9 por ciento en 2016. En este momento hay unas 19 millones de personas desempleadas.

Al mismo tiempo hay indicios de disminución del empleo asalariado y aumento en el trabajo por cuenta propia, una señal de que podría aumentar la informalidad. Casi la mitad de la fuerza de trabajo de nuestra región, integrada por más de 280 millones de personas, tiene un empleo informal, una situación que generalmente implica ingresos bajos, inestabilidad laboral así como falta de protección y derechos.

Los promedios regionales expresan una realidad heterogénea. Tanto la desaceleración económica como los cambios en las tasas de desempleo y otros indicadores laborales se manifiestan a diferentes velocidades en los distintos países. Incluso hay algunos en abierta contracción, mientras otros mantienen números positivos. Pero más allá de las diferencias es indudable que en la región como un todo hubo un cambio de ciclo y que el escenario, al menos por ahora, es poco alentador.

Este panorama plantea desafíos concretos e inmediatos, porque el empeoramiento de la situación laboral implica que la crisis se refleja en la situación de las personas, y afecta tanto a los grupos más vulnerables, incluyendo los hogares pobres, como a la clase media que ve sus expectativas de mejoramiento frustradas.

Este nuevo ciclo económico pone una vez más en evidencia la urgente necesidad de avanzar en procesos de diversificación y de desarrollo productivo que impulsen una transformación de las economías, en la dirección de un crecimiento más sostenido e inclusivo con más y mejores empleos. Esta sigue siendo el norte para la agenda de mediano y largo plazo. Pero en el corto plazo es claramente es necesario que los países recurran a políticas macroeconómicas y del mercado laboral para mitigar los efectos de la desaceleración en las empresas, en los puestos de trabajo y en los ingresos.

La oportunidad es propicia para recurrir a la guía que ofrece el “Pacto Mundial para el Empleo” de la OIT, adoptado en 2009 por representantes de gobiernos, trabajadores y empleadores de todo el mundo, que contiene un portafolio de políticas con demostrada efectividad en momentos de recesión económica y crisis en el mercado de trabajo.

Se trata de medidas para reducir los impactos negativos en el empleo, apoyar a las empresas, mantener niveles de demanda agregada, e impulsar la generación y recuperación de los empleos en combinación con sistemas de protección social. Es necesario encarar el desafío del empleo con creatividad e innovación. Actuar sobre el empleo es la forma en la cual se puede beneficiar directamente a los grupos vulnerables y a las clases medias, a la vez que se promueve la base productiva de las economías.

De lo contrario, esta crisis en cámara lenta podría no solo complicar aún más la gobernabilidad aumentando la conflictividad social y la desconfianza en las instituciones políticas, sino dejar un legado de estancamiento económico en el progreso de nuestras sociedades e incluso de retrocesos en los logros económicos y sociales alcanzados.

* Director Regional de la OIT para América latina y el Caribe.

Un “trilema” histórico

Por Sergio Woyecheszen *
A la Argentina, como a tantos otros países en vías de desarrollo, le ha resultado muy difícil conjugar de forma sostenida crecimiento en los niveles de actividad económica, creación de empleo y mejoras en la distribución del ingreso. Se trata de una suerte de “trilema” que, una y otra vez, ha quedado envuelto en una lógica pendular que nos deja cada tanto (diez años en el imaginario social) con la amarga sensación de volver a empezar. Este ida y vuelta histórico no se agota en las manifestaciones primarias que de él se desprenden, como ser la falta de divisas, la recesión, la inflación y el desempleo, sino incluso en la forma en que se interpretan esas tensiones macroeconómicas, negando casi de forma sistemática los elementos mediatos que nos llevan a chocar siempre con la misma pared. Valga entonces esta nota como un nuevo intento por llegar al fondo de la cuestión.

Adelantemos antes una conclusión central: ni el exceso de demanda de bienes y servicios, ni el déficit fiscal, ni la emisión monetaria, ni la apuesta por profundizar la industrialización, están en el inicio causal de nuestros problemas. Por el contrario, o son extremadamente necesarios para no abortar el proceso de desarrollo (el primero y el último) o son consecuencia mas que causa (el déficit y la emisión) del verdadero talón de Aquiles de la economía argentina: la baja agregación de valor a las materias primas y una muy fuerte dependencia de las importaciones de bienes intermedios, partes y piezas del tejido productivo, fundamentalmente en tramas de media y alta tecnología.

Varias son las cuestiones que se desprenden de esta debilidad estructural, y van desde la sostenibilidad misma del crecimiento (por la falta de divisas), persistencia del desempleo e informalidad laboral hasta el desequilibrio regional y distributivo.

En este marco, dar respuesta a las necesidades de nuestro desarrollo supone no solo una clara diferenciación del pensamiento económico ortodoxo de corto plazo, sino también desentrañar los elementos dinámicos que se desatan a mediano y largo. En concreto, a falta de una hacen falta dos heterodoxias, aunque íntimamente ligadas entre si de forma acumulativa.

La primera opera a nivel macroeconómico, y descansa en la necesidad de sostener una demanda efectiva pujante, como condición necesaria para incentivar la inversión (en el capitalismo nadie produce si no es para vender). Esto último tendrá efectos inmediatos sobre el nivel de actividad, empleo, ingresos y ahorro, así como otros de más largo aliento, puesto que influirá en la capacidad productiva futura y en los niveles de productividad.

La segunda heterodoxia apunta, por su parte, al sostenimiento de la primera, requiriendo de una mayor densidad hacia dentro del aparato productivo. Esto se logra por medio de una planificación industrial y tecnológica que dinamice la innovación, la creación de miles de pequeñas y medianas empresas proveedoras y las ganancias de escala a nivel regional, morigerando así la presión sobre el balance de divisas y ampliando al mismo tiempo las oportunidades de empleo.

Párrafo aparte merece la dinámica del salario real, estimulo central para el consumo a corto plazo, para la construcción de un mercado interno pujante a mediano y una mayor diversidad y profundidad productiva a largo. Se trata, en definitiva, del nexo primario entre ambas heterodoxias o, si se me permite la metáfora, el combustible que mantiene el automóvil acelerado mientras se construye la autopista. Es precisamente por esto que no pueden escindirse, en una economía como la argentina, la discusión macroeconómica de la estructura productiva. La política cambiaria, fiscal, monetaria y de ingresos de la política industrial y tecnológica.

Y es por esto mismo también que deben pensarse en paralelo, como parte continua de un programa de desarrollo. El aumento de la demanda genera economías de escala y aumentos de productividad, pero los procesos de aprendizajes necesitan tiempo, al igual que los cambio en la composición industrial, tiempo que la disponibilidad de divisas quizás no te de. Por eso es necesario cambiar la estructura, sin conformarse siempre con el freno a la demanda. Los atajos, en economía, muchas veces te llevan a un callejón sin salida.

En definitiva, de lo que hablamos es de desarrollo. Y no hay país desarrollado con una población superior a los 25 millones de habitantes que no sea industrializado, sobre la base de un circulo virtuoso entre composición sectorial del producto, innovación, diversificación de exportaciones, demografía empresaria y empleo. Elevemos entonces el debate. Discutamos la macroeconomía pero en camino hacia una estrategia integral que consagre, de una vez y para siempre, un proyecto de país social y territorialmente integrado.

* Economista, asesor en temas de desarrollo económico.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-296137-2016-04-04.html
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